¿Se imagina de alguien que pretenda entregar un mensaje de parte de Dios, y no le conozca?

El llamado de Dios requiere que quien imparte mensaje de Dios conozca de su naturaleza, de su carácter, de sus propósitos, de su Voluntad.

El llamado no consiste solo en “predicar”, en interpretar, en saber elaborar un buen bosquejo homilético. Es más que una disciplina profesional. Es entrega, es devoción, celo, compromiso, responsabilidad. Se logra en la medida que quien es llamado CONOCE a Dios. El presente tema trata sobre la forma de cómo podemos aprender a conocer a Dios.

Cuando Adam fue ubicado en el huerto del Edén, Jehovah Dios no pretendía que él y Eva se convirtieran en agricultores, y vivieran la vida entera como veladores del huerto. El propósito era que estos aprendieran a edificar sobre él la extensión del reino de los cielos, y establecieran un gobierno teocrático sobre la tierra.

La misión no se abortó. Ha sido siempre la intención de Dios que se levanten hombres y mujeres que descubran el “misterios de los siglos” y aprendan a edificar el reino.

Edificar el reino es más que predicar. Es una visión, una ejecutoria, una operación espiritual. Pero solo pueden lograrla aquellos que aprendan que “iglesia” no es cuatro paredes, sino la congregación de los santos del Altísimo establecidos en las calles, en las plazas, en los comercios, en las oficinas, que HABLAN con denuedo la Palabra del Señor.

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