¿Quién es Dios? ¿Qué Él quiere que haga? ¿Qué Él quiere que diga? ¿hacia dónde quiere que vaya? Son preguntas que aunque muchas veces asalten al ministro, nunca debe ser el estorbo, el obstáculo, el impedimento para actuar.

Lo que hizo que David nunca decayera, que Abraham nunca claudicara, que aun un Pedro no desistiera de seguirlo y servirle, fue precisamente que cada uno de ellos en su turno, conoció a Dios, y caminó por la revelación sembrada en sus espíritus.

Cada uno de ellos lo expresó. El salmista confesó en los momentos más difíciles: Hubiera yo desmayado, si no creyese que tengo de ver la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes.[1] Abraham, por su parte, en la prueba más difícil de su vida, expresó: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.[2] Y así, pedro, igual que todos los anteriores, confesó y proclamó: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.[3]

Estamos todos en el proceso de conocer a Dios, no todos llegan. El apóstol aconsejó, y dijo: yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante.[4]

[1] Salmo 27:13

[2] Génesis 22:8

[3] Mateo 16:16

[4] Filipenses 3:13

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