Conocer a Dios es la esencia y razón de ser de la vida de un ministro, no importa cuál sea la especialidad de su ministerio. No se puede predicar de un Dios bíblico si antes el predicador no ha conocido al Dios de la Biblia.

Y cuando hablamos de conocer a Dios lo hacemos desde la perspectiva de cómo el salmista David presenta su relación con Él, cuando dice:

12¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger. 13Su alma reposará en el bien, Y su simiente heredará la tierra. 14El secreto de Jehová es para los que le temen; Y a ellos hará conocer su alianza. Salmo 25:12-14

Es conocerlo, entenderlo, de saber cómo Él es y actúa, de cuál es su voluntad, y lo que demanda de aquellos que Él escoge. Es tener la seguridad que pese a que no se le ha visto, ni quizá se le ha escuchado audiblemente, saber que algo es de Dios aunque no se tengan los recursos materiales —racionales— para explicarlo.

Es, en otras palabras, como bien lo expresa el libro de Hebreos, la sustancia de ver cumplidas las cosas que se esperan, el denuedo en Dios, según Pablo,[1] de no dudar que lo que se está haciendo, o está por realizarse, es de Dios aunque todo apunte en dirección opuesta.

¿Quién es Dios? ¿Qué Él quiere que haga? ¿Qué Él quiere que diga? ¿hacia dónde quiere que vaya? Son preguntas que aunque muchas veces asalten al ministro, nunca debe ser el estorbo, el obstáculo, el impedimento para actuar.

[1] 1ra. Tesalonicenses 2:2

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