Nunca digas: ¿Qué es la causa que los tiempos pasados fueron mejores que éstos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría. Eclesiastés 7.10

Nunca los tiempos presentes son peores, o mejores, que los pasados. Cada tiempo ha tenido sus propias tentaciones, sus propias pruebas, sus propias crisis.

No está más expuesto a la tentación, al pecado, el creyente actual que uno que vivió en tiempos de Enoc; ni peor aún, ningún hijo de la fe del tiempo presente está exento de idolatría como lo estuvo un habitante de Judá en tiempos de Manases.

Los escenarios han cambiado, las actividades no son las mismas, las formas de pensamiento y de explicación de nuestras realidades ha dejado de ser una animista- mitológicos, para convertirse en uno científico-racional; no obstante, en ambos escenarios tanto el hombre actual como el del pasado recurren a su conocimiento para explicar y resolver su situación, y para trazar la ruta de su futuro.

No es la vida en Dios más complicada hoy de lo que lo fue para uno vecino de Noé, Enoc o Abraham; y si nos es difícil aceptarlo, veamos cómo en el tiempo de Noé solo ocho personas se salvaron, o por qué tanta rebelión entre los hijos de Israel que salieron de Egipto, pese a tanta manifestación sobrenatural de Dios.

¿Por qué entonces vemos más complicado hoy servir a Dios que para alguien del pasado? Revisamos por lo menos dos respuestas a esta pregunta que nos pueden ayudar a construir una vida en Dios —en Jesús— conforme a los propósitos para los cuales fuimos alcanzados.

Para plantear la primera respuesta, contestemos primero la siguiente pregunta. ¿Cómo caminaron Enoc, Noé, Abraham, por ejemplo, si no tenían recursos como los tenemos nosotros hoy en día, me refiero a iglesias, pastores y al recurso de libros sagrados que expresan las Palabras del Creador?

La respuesta es sencilla. Caminaron por la convicción de que Dios les había hablado, y que estaban haciendo lo que Él les había demandado. Unos recibieron quizá más Palabras que otros, pero toda ella junta no se compara con la cantidad de Palabra que tenemos nosotros en la Biblia; sin embargo, la que recibieron fue suficiente en ellos para crear tal convicción que les hizo tomar decisiones radicales que alteraron el curso de sus respectivas vidas y la de sus familias.

Esta respuesta, sencilla, nos conduce a entender que el problema que los creyentes actuales tenemos no es por falta de Palabra de Dios, sino por ausencia de convicción.

Asistimos por lo menos una vez por semana a una iglesia donde recibimos Palabra de Dios, tenemos por lo menos una Biblia física, y el acceso a cuantas Biblias electrónicas queramos, tenemos el recurso de hombres y mujeres de Dios que nos inspiran, nos aconsejan, nos guían; sin embargo, pese a todo ello, no actuamos como quien ha recibido Palabra de Dios, y no somos capaces de hacer aquello que a Dios le agrada.

El problema es de convicción ¿convicción de que? Convicción de Dios. Confrontamos el hecho de que “Dios” es un término más de nuestros vocabularios, pero devaluado, tanto que a veces bien pareciera que en realidad dudamos de que sea real.

Ha sido tal la devaluación que en muchos círculos cristianos hemos aceptado como valido el argumento que Dios, Jehová, es el mismo Alá, o la energía suprema del universo de la metafísica, el ser superior o la inteligencia superior de las ciencias gnósticas.

A ese nivel ha llegado nuestra devaluación, olvidando que las Sagradas Escrituras nos llama a amarlo por encima de todas las cosas:

4Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es: 5Y Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder. Deuteronomio 6:4,5

Jesús llamó a este mandamiento el primer y más grande mandamiento:[1]

¡Oh, Dios! No es a veces una expresión de exaltación, de adoración, legítima, sino la expresión de susto, de angustia, de zozobra, tan solo una expresión exclamativa.

La Biblia nos confronta con esta pérdida de convicción, y nos establece que el único antídoto a esta realidad agnóstica que nos agobia, es creer en Jesús, creer que Él es Dios y quien único nos salva. Es recuperar la convicción del Dios de Enoc, de Noé, de Abraham, que vieron a Dios participando e interviniendo en la realidad del hombre, dirigiéndolos aun cuando se cernía sobre él la destrucción de su mundo. Vieron la realidad de Dios revelándose a ellos, tanto que Jesús mismo admite en el caso de Abraham, que él vio su día y se gozó.[2]

La Biblia confronta nuestra ausencia de convicción y nos exhorta a creer en Él:

Y mirándolos Jesús, les dijo: Para con los hombres imposible es esto; mas para con Dios todo es posible. Mateo 19.26

Y Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo es posible. Marcos 9.23

Jesús confrontó a Maria en el caso de su hermano, Lázaro, y le increpó su incredulidad de creer en quien le había advertido sobre el suceso:

Jesús le dice: ¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios? Juan 11.40

En conclusión, la razón de por qué muchas veces creemos que para otros fue, o es, más fácil servir a Dios, que para nosotros mismos, en buena medida se debe a que hemos perdido convicción de quien es Dios. No nos movemos por convicción sino por conveniencia, y esa ausencia nos ha obstaculizado para desarrollar la fe necesaria para agradarle en todo lo que hacemos:

Empero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Hebreos 11.6

La siguiente pregunta que debemos responder es: Cuándo Enoc, Noé o Abraham decidieron actuar en función de lo que Dios les demandó, ¿obtuvieron beneficios a cambio?

La respuesta es: No, no recibieron beneficios directos e inmediatos por la decisión que ellos tomaron; por el contrario, su decisión les trajo rechazo, oposición, persecución, y aun pérdidas. Noé recibió burla y marginación; Abraham tuvo que despedir a Ismael y enviarlo solo con su madre por el desierto, y expuso a Isaac al sacrificio.

Una segunda razón de por qué nos parece que los antepasados tuvieron mejor oportunidad de seguir y servir a Dios, es porque tenemos la idea religiosa de que seguir y servir a Dios significa agregar beneficios a nuestro haber.

Aunque leemos de todo el trabajo por el cual pasaron los hombres y mujeres del pasado que sirvieron a Dios, la actividad religiosa a la que nos hemos expuesto ha destacado solamente los beneficios materiales que ellos obtuvieron, y se nos ha inculcado la doctrina que servir a Dios es equivalente a sumar beneficios y/u obtener logros; al no verlos, abandonamos inmediatamente el empeño pues en la mentalidad religiosa, no hay necesidad de pasar trabajos adicionales. Ya Jesús lo hizo todo por nosotros.

En las enseñanzas del apóstol Pablo encontramos la siguiente enseñanza que aplica a lo que estamos estudiando:

Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano. 1ra. Corintios 15:58

La felicidad, concepto filosófico griego, se ha introducido en nuestras congregaciones y la hemos adoptado como parte del pensum doctrinal que predicamos.

Hemos errado el camino. Leemos en las redes sociales de peticiones para que sea quitada la persecución, para que no se aprueben leyes contrarias al Evangelio. Dios muchas veces nos ha permitido pasar por situaciones algunas vergonzosas para hacernos entender que no siempre tendremos las cosas que queremos, que muchas veces enfrentarémos angustias o persecución, y que debemos estar preparados para que no nos sean estorbo en nuestro servicio a Dios. como bien está escrito en el libro de Hechos de los Apostoles:

Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles á que permaneciesen en la fe, y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. Hechos 14:22

Dios no busca nuestra felicidad, como se predica por allí, pues la felicidad es un concepto filosófico griego. Dios promueve que entendamos sus propósitos, que establezcamos su Reino sobre la tierra, que prediquemos a tiempo y fuera de tiempo. Debemos recordarnos lo que está escrito en las Escrituras:

Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento; 18 Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, 19 Y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza. Efesios 1:17-19

Pero nos ha tocado confrontarnos con la verdad de que estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.[3]

Bien ya lo había advertido Jesús cuando explicando la parábola del sembrador, advirtió que debido a la aflicción o la persecución por la palabra, y por el afán de este siglo y el engaño de las riquezas, muchos ahogarían la Palabra del Reino y no persistirían en seguir en lo que habían creído.[4]

En conclusión, no, no fueron los tiempos pasados mejor para servir a Dios, ni los hombres del pasado estuvieron en mejor posición que los del tiempo actual para servir a Dios.

Todo lo anterior nos lleva a entender la necesidad de reestructurar todo el conocimiento y la visión del Evangelio que sustentamos. Ahora nos toca a nosotros decidir, y determinar el rumbo que de aquí en adelante debemos seguir.

Dios no hace acepción de personas.[5] Las mismas oportunidades que ellos tuvieron las tenemos nosotros. Los mismos problemas que ellos afrontaron los afrentamos nosotros. Los mismos resultados que ellos obtuvieron los recibimos nosotros. ¿Por qué, entonces, a diferencia de ellos, nosotros renunciamos a seguir y a servir a Dios?

 

 

Pastor Pedro Montoya

Tel Cel. (407) 764-2699

Twitter: @pastormontoya

http://www.ministerioscristorey.com

[1] Marcos 12:29

[2] Juan 8:56

[3] Mateo 7:14

[4] Mateo 13:21

[5] 2 libro de Crónicas 19:7: Sea pues con vosotros el temor de Jehová; guardad y haced: porque en Jehová nuestro Dios no hay iniquidad, ni acepción de personas, ni recibir cohecho.

Job 34:19: ¿Cuánto menos a aquel que no hace acepción de personas de príncipes, Ni el rico es de él más respetado que el pobre? Porque todos son obras de sus manos.

Hechos de los apóstoles 10.34: Entonces Pedro, abriendo su boca, dijo: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas;

Efesios 6:9: Y vosotros, amos, haced a ellos lo mismo, dejando las amenazas: sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que no hay acepción de personas con él.

Colosenses 3:25: Mas el que hace injuria, recibirá la injuria que hiciere; que no hay acepción de personas.

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