Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Tornaos a mí, y yo me tornaré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de tornar? Malaquías 3:7

Cuando hablamos acerca de volvernos a Dios, por lo general en lo primero en que pensamos es en pecado, y evocamos la imagen de una persona pervertida y depravada, que vive a la luz de una vida de placeres. La razón de pensar así se debe a los conceptos religiosos que constituyen el yo religioso de nuestra existencia y de nuestras sociedades.

Pero, como evaluaremos en el desarrollo de este material, tal concepción está bastante lejos de la verdad escritural.

La exhortación del profeta Malaquías está dirigida a un pueblo que conoce a Dios, que tiene conocimiento de las leyes de Dios, que invoca su nombre y que celebra rituales ceremoniales en culto a Él. En la introducción del libro se lee: CARGA de la palabra de Jehová contra Israel. Se destaca el gran amor de Dios por este pueblo cuando se subraya, ¿No era Esaú hermano de Jacob, dice Jehová, y amé a Jacob, Y a Esaú aborrecí, y torné sus montes en asolamiento, y su posesión para los chacales del desierto?[1]

¿Cómo es posible que se les dirija tal exhortación entonces? De hecho, es precisamente la pregunta que ellos le hacen a Malaquías: Mas dijisteis: ¿En qué hemos de tornar?

¿Tienen estas palabras alguna pertinencia para nosotros? ¿Debemos estudiarlas, o simplemente son referencias?

Desde el momento mismo en que el apóstol Pablo escribió, que si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco no perdone,[2] quiere decir que la exhortación de Malaquías tiene vigencia aun para nosotros, y debemos de contestar la pregunta adecuadamente. ¿De qué hemos de tornar?

Debemos volvernos a Dios del concepto que de Él nos hemos forjado. En las primeras diez prescripciones que Dios le entregó a Moisés, en Monte Horeb, estaba la que leía, 3 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: 5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y sobre los cuartos, a los que me aborrecen, 6 Y que hago misericordia en millares a los que me aman, y guardan mis mandamientos.[3]

Para los practicantes de la Palabra de Dios de aquel entonces, los términos imagen, semejanza, y aun dioses ajenos, tiene que ver con formas, talladas o de fundición, en general, elementos tangibles de figuras retratadas.

Sin embargo, debido a que tenemos como antecedente de enseñanza el, oistes que fue dicho, pero yo os digo, de la doctrina de Jesús, tenemos que entender que imagen, semejanza y aun dioses ajenos, tiene que ver con conceptos que de algo nos forjamos. Y aquí está la pertinencia para nosotros.

¿Qué concepto tenemos de Dios? lamentablemente, por la filosofía de nuestras sociedades, por las múltiples mentalidades que forjamos a diario, y que permean aun la iglesia, y por la tendencia sincrética de nuestras religiones, hemos desarrollado un concepto de un Dios apaga-fuegos, resuelve-problemas, que está obligado a respondernos y a concedernos TODO cuanto le pedimos. Ese concepto —imagen— no es bíblico, y tenemos que volvernos a lo que la Biblia nos enseña de Él.

En el encabezado de la instrucción de las primeras prescripciones de Dios, se lee: Yo soy JEHOVÁ tu Dios. Dios se está presentando, aunque la mayoría de las traducciones y revisiones de la Biblia al español lo presenta como el imperativo de yo soy tu Dios, sin dejarle alguna opción; en realidad debe leerse, y entenderse como: Yo, JEHOVÁ soy tu Dios.[4] El concepto que de Él tengamos es importante, y en este texto se observa que la acción recae no en los diez mandamientos, como la religión nos ha inculcado, sino en conocer a quien los está entregando, y Él tomó tiempo para hacerlo: Yo, JEHOVÁ. Conocerlo, entenderlo, es importante, para evitar incurrir en el error de forjarnos conceptos falsos.

¿Está Dios obligado a responderme, a darme todo cuanto le pido, a alterar mis condiciones y entorno de vida para que yo no sufra? La respuesta es no, Dios no está obligado, pero ese es el concepto que muchos tenemos, y nos enojamos contra Él cuando no obtenemos lo que pedimos. El apóstol Pablo escribió en los siguientes términos: 20Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que le labró: ¿Por qué me has hecho tal? 21¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para vergüenza? [5]

Job encontró sabiduría a través del dolor de ver que su justicia no le libró del sufrimiento de haberlo perdido todo, y expresó: Que si yo le invocase, y El me respondiese, Aun no creeré que haya escuchado mi voz.[6] Job entendió que Dios no está obligado a contestarnos, ni a cambiar las cosas a nuestro alrededor para evitarnos el sufrimiento. Más adelante, Dios reprochó aun su queja, y le confrontó: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios, responda a esto.[7]

¿De qué hemos de volvernos? De los inadecuados conceptos que de Dios nos hemos formado. La ausencia de fe, de sujeción, aun la forma de adorarlo, y el culto a su nombre dependen del concepto que de Él tengamos.

En muchas de nuestras reuniones se desarrolla apostasía, rebeldía, profanación de lo santo, y aun contaminación, precisamente porque trabajamos en torno de un concepto malformado, erróneo de Dios.

Dios es Todopoderoso (El-Shaday), fue lo primero que aprendió Abraham: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto.[8] Lo que significó para Abraham, dejar de dirigir su vida de acuerdo a las costumbres de su época, y dejar que el Todopoderoso estableciera la ruta y la forma de su caminar. Estas palabras llegaron como confrontación por la decisión de haber aceptado y caminado según el consejo de tener un hijo a través de Agar, buscando cumplimiento a la promesa de Dios de hacerlo como la arena de la mar.

Tener un concepto claro, verdadero, fue la primera lección de todos los que sirvieron al Señor. De eso depende que todo te vaya bien en la vida.

¿Quién es Dios? aprendamos a conocerlo.

[1] 1:2,3

[2] Romanos 11.21

[3] Éxodo 20:3-6

[4] La palabra “soy”, en hebreo, no existe. Está implícita en esta frase.

[5] Romanos 9:19

[6] Job 9:16

[7] Ídem 39:30

[8] Genesis 17:1

pastor Pedro Montoya

http://www.ministerioscristorey.com

twitter: @pastormontoya

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