En vista de que nos estamos acercando a una nueva medida anual de tiempo se hace necesario que entendamos acerca de los pactos espirituales que los humanos hacemos en ingenuidad el último día del año. Es importante que entendamos qué es lo que sucede cada vez que los “tiempos” cambian, y el valor espiritual de los procesos de cambios.

Los tiempos fueron creados por Dios. En las Escrituras vemos cómo desde el momento mismo de la creación, el Creador dispuso de ciclos de tiempos marcados naturalmente por los astros dispuestos en el firmamento. Leemos en el libro de Génesis cómo en el cuarto día de la creación el Señor dijo: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche: y sean por señales, y para las estaciones, y para días y años;[1]

El Creador dispuso de ciclos de tiempo para que el hombre aprendiera a contar sus días para actuar con sabiduría.[2] Contar los tiempos es bíblico y está certificado por el Todopoderoso.

Sin embargo, las medidas de tiempo que usamos en nuestros días no han sido determinadas por Dios, sino por el hombre, y para colmo, por hombres paganos.

Si revisamos las Escrituras nos daremos cuenta que el comienzo de los ciclos anuales de tiempo que el Creador formó comienzan con el inicio de la primavera. En el libro de Éxodo leemos: Este mes os será principio de los meses; será este para vosotros el primero en los meses del año.[3] En otra parte del mismo libro se destaca que el mes se llamaría Abib,[4] que significa precisamente espigada (brote, cierne),[5] la época del año cuando todo florece y produce fruto.

Y comienza en esta época del año porque es el tiempo de la Promesa, de la restauración, de la resurrección. En las Escrituras el Señor llamó a este tiempo el tiempo de la vida, por la intención misma del Creador de hacer que el hombre y mujer de Dios fueran bendecidos en todas las cosas que emprendieran. A Abraham Dios le dio la promesa de bendición, y se le dijo: De cierto volveré a ti según el tiempo de la vida, y he aquí, tendrá un hijo Sara tu mujer.[6]

Notaremos en Abraham que por haber contado sus días conforme a esta cuenta que El Señor le marcó que recibió esta bendición: Y multiplicarte he mucho en gran manera, y te pondré en gentes, y reyes saldrán de ti. 7 Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu simiente después de ti en sus generaciones, por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti. 8 Y te daré a ti, y a tu simiente después de ti, la tierra de tus peregrinaciones, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.[7]

El 31 de diciembre no es el último día del año según el calendario creado por Dios, es una invención humana, y por lo tanto lo que se desarrolla ese día está influenciado por las contaminaciones espirituales de quienes lo diseñaron e impusieron. Aquí está el peligro espiritual.

Las prácticas de la noche del 31 de diciembre se constituyen en un ritual de consagración a las motivaciones de quienes dispusieron que ese día serie el último día del año.

Personas que se consagran a Baco, el dios del vino, a Eros el dios de la fornicación, y a las distintas formas humanas paganas de “celebrar” para recibir el nuevo año. Muchas personas activan para sí mismas y para los suyos, la “suerte” como una forma de adquirir prosperidad. No haga promesas este día, no empeñe su palabra. He visto como en reuniones familiares de momento alguien resulta diciendo —veremos quién falta de nosotros el próximo año, atrayendo muerte y desgracia para la familia.

Cuantas personas, aun cristianas, resultan haciendo brindis, votos de bendición, de prosperidad, aun deseando ¡prospero año nuevo! Incurriendo tan solo en un decir popular y activando para sus propias vidas una palabra hueca, vacía, sin verdad.

Al escribir estas líneas me mueve el advertir sobre las consecuencias de celebrar sin el verdadero sentido espiritual que tiene la época. Hay poderes espirituales envueltos en la fecha.

 

Pastor Montoya

www.ministerioscristorey.com

(407) 764-2699

Twitter: @pastormontoya

[1] Genesis 1:14

[2] Salmo 90:12

[3] Éxodo 12:2

[4] Idem 13:4

[5] Idem 9:31

[6] Génesis 18:10

[7] Idem 17:5-8

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