Si sabemos que somos llamados a libertar, ¿por qué no lo hacemos?

Es paradójico, pero la razón de por qué no tenemos motivación para libertar, es porque muchas de las cosas que hoy en día predicamos son doctrina sin revelación, simple imitación de lo que a otros les da resultado, o como bien lo señaló ya en su tiempo el patriarca Job (Job 42:5), son declaraciones de oídas pero sin la convicción necesaria para actuar y vivir por ellas.

Cuántos ministerios enseñan y predican lo que en los seminarios les enseñaron, pese a que saben que las Escrituras presentan todo lo contrario. Cuántas personas confiesan y establecen doctrina no bíblica, ingenuamente, sencillamente porque esas son las tendencias teológicas del momento.

No hay convicción en muchos de nuestras enseñanzas y actos, y es debido a que no nos hemos ajustado a la peso de la Palabra de Dios. Todos los días recibimos la influencia de doctrinas slogans, que impactan por el despliegue publicitario que utilizan, pero que cuando se miden con la norma de la Palabra, resultan ser tan sólo pensamiento positivo.

Somos llamados a libertar, y no sólo a predicar. Nuestra predicación es el Evangelio del Reino que liberta, que da vida, sanidad, que transforma, restaura, restituye y bendice. Una predicación no convencional, locura para los que se pierden, como bien lo señaló el apóstol Pablo (1ra. Corintios 1:18), pero potencia de Dios a los que creemos.

El Evangelio del Reino se establece con poder por intermedio de la Palabra de autoridad conferida por Dios cuando el creyente dispone hacer la Voluntad del Creador. Es una Palabra no popular porque confronta al no creyente con el pecado, con estilos de vida ateos y apóstatas. Una palabra que no endulza el oído, y por lo tanto, que no suma feligresía.

La Biblia nos habla de dos grandes males que minan la autoridad del creyente. La falta de sujeción y el no hablar verdad.

El primer mal. Pretendemos tener autoridad, pero no nos sujetamos a ella. Nos cuesta obedecer, nos resistimos a que otra persona nos instruya sobre las cosas que tenemos que hacer. Bien sabía el centurión romano que para establecer línea de autoridad, y tener autoridad, el que da las órdenes primero tuvo que aprender a obedecerlas (Mateo 8:9).

No puede tener autoridad quien no reconoce ni se sujeta a una autoridad.  La única forma para desarrollar autoridad es reconociendo y sometiéndose a la autoridad establecida por Dios:  El apóstol Pablo escribe en su carta a los Corintios, y establece este principio: 

Toda alma se someta a las potestades superiores; porque no hay potestad sino de Dios; y las que son, de Dios son ordenadas. (Romanos 13:1)

La autoridad sobre las fuerzas de las tinieblas sólo se logra cuando reconocemos la autoridad y nos sujetamos a la obediencia de aquellos hombres idóneos bajo cuya instrucción estamos asignados.

Y estando prestos para castigar a toda desobediencia, cuando vuestra obediencia fuere cumplida. ( 2da. Corintios 10:6).

La palabra de autoridad es resultado directo en el creyente que ha logrado desarrollar el carácter de seguir las instrucciones dadas por las autoridades espirituales establecidas por Dios. Pablo es contundente al respecto: destruyendo consejos, y toda altura que se levanta contra la ciencia de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia del Cristo.  (2da. Corintios 10:5).

El segundo mal. Queremos tener autoridad pero no hemos aprendido a hablar verdad. Fue el mismo Señor quien estableció este principio. No se puede libertar si no hemos aprendido a hablar verdadconoceréis la Verdad, y la Verdad os libertará. (Juan 8:32). Hablar verdad es imprescindible para aquel que quiere desarrollar autoridad, y la razón es sencilla:  ¿Echa alguna fuente por una misma abertura agua dulce y amarga?  (Santiago 3:11).

Jesús demandó que nuestro hablar fuera Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. (Mateo 5:37).
Esta instrucción fue ratificada posteriormente por Santiago como parte de la doctrina de la Iglesia: También hermanos míos, ante todas las cosas no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por otro cualquier juramento; mas vuestro sí sea sí; y vuestro no, no; para que no caigáis en condenación. (Santiago 5:12).

Cuántos ministerios se han perdido precisamente porque han empeñado su palabra y no han actuado afín a lo que han dicho.

Hablar verdad no sólo significa evitar la mentira, significa más bien vivir conforme a lo que se confiesa. Si usted revisa la historia de David cuando Saúl comenzó su persecución sobre él, el momento cuando el sacerdote Ahimelec le cuestiona por qué se encuentra sólo, David le responde: —El rey me encomendó un negocio, y me dijo: Nadie sepa cosa alguna de este negocio a que yo te envío, y que yo te he mandado; y yo les señalé a los criados un cierto lugar. (1 Samuel 21:2). A todas luces, esa respuesta es una mentira. Sin embargo, David fue prosperado ¿Por qué?

David habló verdad, significaba actuar conforme a lo que confesaba: David siempre se esforzaba en Jehová su Dios. Las confesiones de David frente a Goliat fueron las mismas que cuando se enfrentaba a los osos (1 Samuel 17:37). Cuando los amalecitas habían saqueado sus pertenencias y llevadas cautivas sus mujeres (1 Samuel 30:6), David no claudicó y se mantuvo según sus primeras confesiones.

Hablar verdad es mantener convicciones y vivir de acuerdo a ellas. Las acciones van de acuerdo a lo que creemos. Mentir es caer en la trampa de que el fin justifica los medios.

¡Cómo podemos decir que creemos en un Dios Todopoderoso, que bendice, y a la vez estar dispuestos de aceptar sobornos, tan sólo por el beneficio económico que nos aporta!

Uno de los males que ha minado la autoridad de muchos ministerios latinoamericanos ha sido precisamente el no hablar verdad. Cuántos ministros cristianos ante un cónsul de la embajada estadounidense han asegurado que van a un congreso, seminario o Iglesia, con tal de que les otorguen visa de entrada a los Estados Unidos, cuando en realidad su decisión es ir a trabajar. Cuántos hombres y mujeres creyentes en los Estados Unidos reportan status falsos tan sólo por el beneficio económico que les reporta.

Si decimos que creemos en un Dios fuerte, Todopoderoso, nuestras acciones deben correr paralelas a nuestras creencias, porque de lo contrario nuestra acción sería considerada como haber tomado el nombre de Jehová en vano (Éxodo 20:7).

La autoridad ha sido rota cuando incurrimos en no ser consono con la verdad.  Por eso tenemos hoy en día Iglesias raquíticas y empobrecidas.

Pastor Montoya
http://www.ministerioscristorey.com
PayPal: ministerios.cristorey@gmail.com

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