El reloj marcaba las tres de la tarde, leía la Palabra, era mi tiempo de lectura devocional. De momento escuché a lo lejos la música popular del carrito de mantecados que suele recorrer de calle en calle las comunidades urbanas, y como todas las tardes, de nuevo visitaba el lugar donde yo residía, y sin yo saber por qué razón en particular, me levanté y me dirigí a la ventana y comencé a orar y a reprender.

Era la primera vez que me acontecía algo similar, y yo sabía que estaba reprendiendo no espíritus inmundos, ni potestades, ni malicias en los aires, ni algo que se le parezca según es mencionado en las Escrituras. Estaba reprendiendo el valor espiritual encerrada en la música clasificada como “Music box dancer”

¿Qué valor tiene esa música? ¿Qué poder entraña en las notas que la componen?

La experiencia me llevó a buscar en las Escrituras la respuesta de por qué mi espíritu me hizo reaccionar de tal forma, absurda y fanática para aquel espectador que ve en un pastor una reacción de tal magnitud.

La búsqueda me llevó al texto de Éxodo 7:11, y siguientes: “… e hicieron también lo mismo los encantadores de Egipto con sus encantamientos”. Descubrí que los encantadores no eran otra cosa más que músicos que hacían sonidos particulares, en instrumentos específicos, por medio de los cuales transformaban las cosas materiales y las cambiaban de forma y tamaño, en este caso, transformaron varas de madera en culebras. Entendí por qué razón, Moisés ordenó que no se reprodujeran estos encantamientos, y lo dejó por escrito como parte de su Ley: “No sea hallado en ti… fraguador de encantamientos” (Deuteronomio 18:11).

Finalmente llegué al texto de Levítico 20:6: “y la persona que atendiere a encantadores o adivinos, para prostituirse tras de ellos, yo pondré mi rostro contra tal persona, y le cortaré de su pueblo”, y este pasaje me descubrió lo que esa tarde yo estaba reprendiendo.

A todas luces, es algo ingenuo, una música escogida convencionalmente para anunciar la venta de un producto comercial, para niños: mantecados (helados, nieves, sorbetes), pero tiene un valor espiritual desastroso para nuestras generaciones: Les estamos enseñando a nuestras generaciones a reaccionar y a correr tras un encantamiento.

Obsérvelo usted la próxima vez, y verá: Un minuto atrás, antes de que el carrito llegara, usted mismo le pudo haber ofrecido ir a comprar un helado, y el niño responderle que no le apetece, y cuando llega el carrito de los mantecados salir corriendo para pedirle dinero para comprar. Verá inclusive que muchos niños piden aun cuando no tengan deseo de él. A partir de ese momento, ese niño crecerá con una enseñanza que nosotros mismos permitimos y proliferamos, la de correr tras encantamientos sin saber exactamente por qué van tras de ese algo.

Las sociedades que estamos construyendo son sociedades mágicas, encantadas, y lo que es peor aún, nuestras iglesias las auspician. Lamentablemente lo vemos como un condicionamiento de la conducta humana, y cuando señalamos el peligro spiritual que encierra, como en este caso, lo desviamos y lo reducimos a una manifestación literaria, es otra forma del flautista de Hamelin, decimos.

Me asusta saber que en muchas de nuestras iglesias cristianas lo que se predica desde un púlpito, a manera de testimonios, supuestamente para estimular la fe de los oyentes, sea experiencias encantadas, que alejan el corazón de la persona de confiar en un Dios verdadero, Todopoderoso, sobrenatural, que visita a su pueblo para hacerles bien.

Esa tarde el Señor me hizo entender que existe un peligro del que no somos conscientes, ante el cual hemos sucumbido, y que no estamos haciendo mucho por resolverlo. El reino de las tinieblas está encantando a los creyentes, a los hijos de la fe, y han sido colocadas vendas mágicas sobre los ojos de los profetas para no advertirlas.

Entiendo ahora por qué el ejército hebreo de los tiempos de David, que él mismo llama “escuadrones del Dios Viviente” (I Samuel 17:26) “huían de su presencia y tenían miedo”. Estaban bajo los efectos de un encantamiento. El texto dice: “Venia pues aquel Filisteo por la mañana y a la tarde, y se presentó por cuarenta días.” (I Samuel 17:16). habían caído bajo los efectos de un encantamiento satánico, como una hipnosis, y nadie lo había advertido. David rompió la frecuencia en que se recitaba el sonsonete, todas las mañanas y todas las tardes.

La razón porqué los creyentes, los hijos de la fe, los redimidos por los sangre del Cordero, el pueblo escogido, no son contundentes en su lucha contra las tinieblas, y son cada vez más las batallas que pierden que las que ganan, es porque hemos permitido y nos hemos sometido bajo los encantamientos de la vanidad de este mundo, siguiendo antes los consejos de los analistas políticos y financieros, más que a Dios. El pueblo de Dios esta confiando mas en el moyero de las capacidades humanas y nos hemos olvidado de que no es con espada ni con ejercito sino con su Santo Espíritu.

Esa tarde yo reprendí los encantamientos y dije que no me sometería nunca a ellos. Es tiempo de revisar todo el bagaje que forma parte de nuestra conciencia cristiana, posiblemente tengamos que reprender encantamientos satánicos.

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