Recientemente, mientras en mi lectura devocional leía el salmo 66, el Espíritu me impactó a escribir, y comentar acerca cómo podemos aprender a conocer a Dios.

Cuando ingresé al versículo uno, y leí la instrucción de David, de aclamad a Dios con alegría, surgió en mí inmediatamente la pregunta que dio pie al presente escrito: ¿Quién es Dios que merece ser aclamado?

He visitado una iglesia desde que tenía 4 años de edad. A medida crecía y por motivos de mudanza, he asistido a muchas iglesias y en diferentes países, y me he dado cuenta al hacer este recuento, que todas se parecen, en cuanto a su liturgia. Primero un tiempo de alabanza y adoración como preámbulo del tiempo de predicación.

Como parte de mi participación en cada una de las iglesias de las que participé, aprendí y canté como cualquier otro feligrés del lugar, los cantos propios que se entonaban en esas congregaciones, y descubro ahora, que aunque cantos con letras hermosas, inspiradoras, emotivas, acerca de la fe cristiana, muchos feligreses aclamamos a Dios sin entender quién es El.

Cantamos que Dios es grande pero no hemos experimentado su Grandeza; cantamos que Dios es nuestro socorro, pero muy pocos hemos dependido de El como para esperar que Él nos socorra de las situaciones que enfrentamos. Así, de igual manera, cantamos de su sanidad, de su provisión, de su pronto auxilio, pero muchos no hemos vivido lo que confesamos.

Descubro, entonces, que cantos de aclamación, de exaltación, y aun de adoración, sin entender quién es El, se convierten en simples consignas de una filosofía religiosa, popular, que no trasciende espiritualmente, y que en lugar de ayudarnos a crecer espiritualmente, nos hunden en una depresión existencial que promueve la creencia de que Dios tiene que moverse a través de los medios materiales que tenemos como única forma para que Él se manifieste a nosotros.

Para aclamar a Dios necesitamos, primero conocer quién es Él. Con justa razón ahora entiendo por qué el apóstol Pablo preguntó ¿Quién eres, Señor? Justamente antes de comenzar su ministerio.

Para aclamar a Dios necesitamos recibir un impacto en nuestro espíritu para poderlo entender. No se puede entender a Dios si El mismo no se revela a nosotros, como bien Jesús mismo lo expresó, cuando dijo: “Todas las cosas me son entregadas de mi Padre: y nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.[1]

El salmista David profetiza mientras canta, y presenta a través de su canto profético establece el proceso que debemos seguir para conocer a Dios, y dedico el resto del articulo para discutirlo.

Para aclamar a Dios es necesario conocerlo, pero ¿cómo conocer a Dios? el salmista establece que para conocer a Dios, lo primero que debemos hacer es: “Venid, y ved las obras de Dios.” (vers. 5)

¿Qué es lo que Dios ha hecho?, y añado: frente a nuestros ojos. Aquí podríamos incurrir en error de decir: —pues, ha hecho el mundo, las aves, los peces, porque eso es lo que hemos aprendido a responder, porque tenemos el conocimiento de ello, y no la revelación de que Él lo hizo así. Pero si de momento replanteamos la pregunta con la añadidura, de seguro que la respuesta es otra.

¿Qué es lo que Dios ha hecho frente a nuestros ojos? De lo que usted ha participado y ha sido testigo. No solo se trata de decir que Dios abrió el mar rojo, si usted no lo ha visto. ¿Qué Dios hizo frente a sus ojos? Le dio un día más de vida, le proveyó alimento, y al enumerar todos los detalles de lo que tenemos aun de las cosas más sencillas, y quizá insignificantes, el espíritu humano comienza a abrirse y comienza a admitir a Dios como parte de la vida cotidiana.

Lo segundo que David establece es: “Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, Y haced oír la voz de su alabanza.” (vers. 8). Manifestar gratitud por lo que somos y/o tenemos. Con justa razón entiendo por qué en la ley mosaica se escribió: “Y digas en tu corazón: Mi poder y la fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza. 18 Antes acuérdate de Jehová tu Dios: porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.[2]

La gratitud es la clave de la bendición. Jesús dio gracias al Padre justo antes de multiplicar los panes y los peces.[3] El apóstol Pablo advierte en sus escritos sobre la necesidad de ser agradecidos.[4]

Tercero, la necesidad de entender que las aflicciones son necesarias porque ellas nos permiten ver a Dios en nuestra vida diaria: “10 Porque tú nos probaste, oh Dios: Ensayástenos como se afina la plata. 11 Nos metiste en la red; Pusiste apretura en nuestros lomos. 12 Hombres hiciste subir sobre nuestra cabeza; Entramos en fuego y en aguas, Y sacástenos a hartura.” (vers.10-12). Se prueba la fe por la aflicción para que sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado:[5]

Y, finalmente, la necesidad de entrar en pactos con Dios, y pagar los votos que hayamos hecho: “13 Entraré en tu casa con holocaustos: Te pagaré mis votos, 14 Que pronunciaron mis labios, Y habló mi boca, cuando angustiado estaba.” (vers. 13,14). Este es el sello de la perfección. Cuando el hombre y la mujer, el joven y la señorita, aprenden a consagrar no solo cosas inmateriales, sino aquellas que van siendo adquiridas durante el proceso, y se aprende a dar y compartir generosamente, porque como dijo el apóstol, es más bienaventurado dar que recibir.

Que la Paz, la Gracia y la Misericordia del Todopoderoso sean contigo.

[1] Mat 11.27

[2] Deuteronomio 8:17,18

[3] Mateo 14:19

[4] 1ra. Corintios 10:30; Colosenses 3:15

[5] 1 Pedro 1.7

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