Dios le prometió a Abraham que la principal característica del pueblo que se estaba fundando por medio de su descendencia sería poseer las puertas de sus enemigos.[1]  Jesús lo reafirmó cuando le declaró a Pedro que las puertas del infierno no prevalecerían ante la presencia de la iglesia.[2]  A partir de aquí, la regla que se sugiere y que se mantendrá como la regla de oro para quien ejerza la liberación, es que la liberación surge como resultado de haberse establecido el Reino de Dios en la posesión que las tinieblas tenían bajo su dominio.  Quiere decir, entonces, que si en algún momento identificamos la necesidad de practicar la liberación, esa necesidad nos debe exigir primero constatar que el Reino de Dios se establezca en su seno.

Por eso, no sólo se trata de conocer sobre los demonios y la forma de despojarlos de sus dominios, se trata de entender que la liberación es parte de la doctrina del Reino de Dios y que su mensaje evangelizador debe contemplar despojar a los demonios de sus territorios con el único fin de que el Reino sea establecido en su lugar.  Dios ha enviado a su unigénito hijo para trasladarnos del reino de las tinieblas al reino de su amado hijo.

[1] Génesis 22:17   “Bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos:”

[2] Mateo 16:18   “Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”

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